La Iniciación y el Juego de la Oca

1La siguiente plancha es el resultado de un ejercicio de reflexión sobre el significado que para un neófito puede tener su inminente rito de iniciación. Sé que parecerá curioso, pero hará un tiempo que jugando a la Oca con los peques, y analizando en detalle cada una de las casillas del tablero, me vino a la cabeza que perfectamente podría ser una metáfora sobre ese camino que nosotros los masones recorremos en nuestra particular odisea personal.  Un camino similar al que siguen los peregrinos en sus viajes a través de senderos perdidos por el mundo.

Así que decidí investigar el posible origen y significado de dicho juego, sorprendiéndome al comprobar que en realidad sí se trata de una metáfora; una metáfora sobre el camino del peregrino. Un camino que conduce de un lugar a otro entre varios posibles, y sujeta a la suerte y al azar. El tablero y sus casillas han llamado la atención de los investigadores que suelen identificarlo como el “camino de la vida” y que según algunas versiones, aluden al “Camino de Santiago”. En el tablero hay elementos reconocibles en la vida de un peregrino, como puede ser el puente, la posada, el juego, el pozo, el laberinto, la cárcel, la muerte y al final, el paraíso. Tal vez el número de casillas (63) insinúen el tiempo en la vida en el ser humano, un número de años. Las casillas donde se encuentran las ocas son espacios liminares (que en breve explicaré) ya que no es posible detenerse en ellas, sino que el jugador debe seguir tirando los dados hasta que no caiga en otra oca.peregrino-medieval

En cierta forma parece haberse producido un cambio en la concepción del camino. El valor de los atajos, adelantos, la rapidez en la finalización del juego parecen haber sustituido al valor de la continuidad. La casilla de la “muerte” no concluye el juego sino que obliga a volver a empezar. No es un juego competitivo ni lo juega un jugador solo, sino que el camino es igual para todos, aunque la fortuna no sonría a todos por igual.

Sería Van Gennep (antropólogo insigne donde los haya) el que acuñó el término “liminalidad” para referirse a ese estado en el que el individuo, que en breve se someterá a un “rito de paso”, está definido por la indefinición. El postulante, que se encuentra en la Cámara de Reflexión, y al igual que el jugador que ha caído en la casilla de La Oca, ha dejado de ser quien era pero aún no se ha convertido en nadie nuevo. Ese estado intermedio fue definido como “limen”, el umbral. El “limen” de la iniciación permite un movimiento simbólico, mientras que una peregrinación exige movimiento y desplazamiento físico. El neófito no necesita de un desplazamiento físico pero sí simbólico. La liminalidad no es solo “transición a” sino también “potencialidad a”, no solo se llega a ser, sino también incluye lo que puede llegar a ser. El peregrino comienza abandonando su tierra, saliendo de su entorno, y tras cruzar la primera frontera, ya ha acumulado suficiente decisión para cruzar las demás. En cambio el neófito, a través de la iniciación, abandona su estado actual, para a través de la acción y el pensamiento poder superarse a sí mismo.

El peregrino tiene como configuración del espacio el eje el camino, con una serie continuada de territorios que se perciben y experimentan, y cuyo paso va dejando en el peregrino un conocimiento sobre el planeta mundo. El aprendiz tiene como eje su propio crecimiento personal, tomando la vida como si fuera una peregrinación que dura toda la vida. La iniciación masónica, al igual que la peregrinación, debe ser tenida como un ritual, ya que tiene mucho de rito de paso y de iniciación, aunque también de aflicción o intensificación. Comenzar una peregrinación supone suspender actividades cotidianas por un largo periodo de tiempo. Comenzar a formar parte de la familia masónica significa suspender el antiguo “yo” y dar paso al nuevo, siendo sujeto activo y pasivo a la vez. Hace y sufre el camino que ha elegido, llegando incluso a consumirlo.

La peregrinación conlleva una sucesión de etapas. El camino es el resultado de una serie encadenada de desplazamientos, como por ejemplo el Monte del Gozo, la última etapa del Camino de Santiago, cuyo nombre recoge el sentimiento de alegría ante la inminencia del final del camino. El camino de un masón conlleva una sucesión personal, un crecimiento progresivo que dura toda la vida. No hay Monte del Gozo, no hay una última etapa que anuncie el final del camino. Turner (otro antropólogo) sugirió que el camino de las peregrinaciones tiene figura de elipse, cuya idea representa que en las peregrinaciones el camino es de ida y vuelta, aunque en realidad lo que cuenta es la ida, mientras la vuelta queda difuminada, invisible. Por tanto la elipse tiene un solo lado marcado y por eso a veces parece una línea recta. Si el de ida es lento, visitando templos, capillas, etc. el de vuelta es rápido y sin paradas en sitios de interés. Esto plantea la paradoja de que las peregrinaciones solo consideran importante  el camino de ida, aunque en realidad el destino final es realmente el mismo que el punto de partida.

En cambio, en masonería el camino no tiene forma de elipse. El camino es solo de ida, la vuelta no existe. O no debería existir. No podemos permitirnos caer en la casilla del tablero con la imagen de La Muerte. Si uno abandona su antiguo “yo”, o se transforma en alguien nuevo, no puede existir un retorno. Por tanto el camino carece de forma, de estructura. No tiene límites, los límites son tan vastos como uno desee (como decimos en familia “del pensamiento y de la acción”). Sin embargo, sí que tiene algo en comúcarreteran con las peregrinaciones, y es que nuestro camino ha de ser lento, sosegado, de reflexión. No para visitar capillas, orar, besar estatuas de piedra…no, porque el camino de todo francmasón, como decía anteriormente, abarca toda la vida.

La diferencia principal entre el rito de iniciación masónico y las peregrinaciones está en que el cuerpo peregrino no es necesariamente un cuerpo afligido. En cambio, el cuerpo del postulante sí es o debería ser un cuerpo afligido. Si no… ¿por qué llamamos a Las Puertas?…Muchos acuden a los santuarios en busca de consuelo y alivio en el dolor y la esperanza en el milagro de la curación, como por ejemplo Lourdes, Fátima, etc. Nosotros llamamos a Las Puertas del Templo en busca de algo similar, algo que dentro de nosotros no está en paz consigo mismo, buscamos, anhelamos…algunos sabemos el qué, otros no, y otros simplemente lo descubrirán a lo largo del tiempo…

El dolor y la desgracia sufridos en la vida pueden pensarse como pruebas a las que Dios somete a los creyentes, motivos suficientes para que un peregrino decida emprender un largo camino en busca de alivio y curación. En la peregrinación pueden coincidir individuos afligidos, cada con su pena, y de cuya relación brotan fuertes lazos sociales que constituyen la “communitas”, alimentados por un mutuo sentimiento. En masonería pasa lo mismo. El neófito encontrará que los masones también nos unimos bajo un ideal común, también formamos “communitas”, semejantes a cuerpos afligidos, en búsqueda de respuestas, que se reúnen en logia, hambrientos de conocimiento, para los que la vida profana no es suficiente.

Hay un aspecto del peregrino que se asemeja a una práctica ascética, que es el camino como dolor o disciplina autoimpuesta, penitencia para redimir pecados, etc. Los peregrinos de Santiago expresan la experiencia del camino como “grabado en el cuerpo”. Los paisajes, los colores, olores, el cansancio de las horas, los incidentes,  el viento, etc. todo queda en la memoria corporal y visual. “Grabados en el cuerpo”. Me atrevería a decir que nosotros, los masones, también tenemos algo de esa ascética que intenta combatir contra sus propias contradicciones, seguir el camino de lo que consideramos correcto, luchar contra ese antiguo “yo” que de alguna forma busca de nueva aflorar en nosotros en una última bocanada de aire…

Si el paso del peregrino va dejando huellas, y el camino se va grabando en sus cuerpos, de manera que llega a formar parte de la vida, en el camino del masón, también. Todos nuestros actos se irán grabando en nosotros, incorporándose como una nueva naturaleza en nuestra construcción personal. El resultado no lo conoce nadie…pero merece la pena echarse al camino y empezar a “andar”… el tiempo se agota…

He dicho

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