SINGULARIDAD

Las nuevas tecnologías han condicionado nuestro modo de vida, desde el trabajo al ocio, modificando las relaciones personales, políticas y económicas. Son un salto cuántico y paradigmático como especie, al igual que el neolítico lo fue con el desarrollo de la agricultura o el siglo XVII con la revolución industrial y su máquina de vapor. ¿La diferencia? Este cambio está sucediendo aquí y ahora, y nosotros, lo queramos o no, somos protagonistas del mismo, constructores bien por su formulación o bien por su uso. En cualquier caso ojos que lo ven, corazones que lo sufren y lo disfrutan, mentes que lo piensan y lo aprehenden. Actores presentes para el futuro.

Este salto, ¿evolutivo?, nos lleva a desarrollar y ambicionar una fusión entre la biología y la tecnología que puede paliar muchas deficiencias humanas e incrementar sus posibilidades, pero también puede manipular nuestra naturaleza deshumanizándonos, esclavizándonos, difehuma evolution cooperrenciándonos unos de otros de forma maniquea y espurea. Y simplemente esto es la SINGULARIDAD, la fusión del pensamiento biológico y la inteligencia no biológica, el salto a la civilización hombre-máquina, donde los límites de ambos se difuminan y, quizá, se indiferencian.

Leí por primera vez la palabra “singularidad” en el periódico, hace ya tiempo, y me llamó enormemente la atención la proximidad en el tiempo de este cambio. Podemos comprobar que las innovaciones tecnológicas se suceden solapándose, sin casi darse tiempo unas a otras a que los humildes mortales de “a pie” las comprendamos y nos hagamos con ellas. Hoy leo que la nanotecnología nos facilitará aprender un idioma mediante una pastilla, puesto que se podrá llegar a cada neurona de nuestro cerebro; lo analizaremos y lo conoceremos “desde dentro”, y eso posibilitará que podamos llegar a cualquier rincón de nuestra mente e introducir la información necesaria; para lo que sea.

Soy de memoria frágil pero todos tenemos en mente películas y libros que recrean y avanzan sociedades con robots, ciborgs, aparatos tecnológicos futuros para la paz y para la guerra, prótesis indiferenciadas del resto del cuerpo, traslados de partículas,…, utopías y distopías, situadas en calendarios ya superados. Verdaderamente daban qué pensar, por lo alucinante y las ventajas que mostraban; pero también por lo inquietante de su manipulación para el control del otro, del incremento del sufrimiento en el mundo, del reflejo de la lucha eterna entre el bien y el mal de la humanidad. Porque la capacidad debe ser conducida por la mano de la virtud para que alcance un bien no sólo individual sino también colectivo.

Esa singularidad, esa fusión entre tecnología y biología, la conocemos como transhumanismo y posthumanismo. Dos fases del proceso de transformación de la persona y de unidad en su nueva forma biotecnológica. Dos conceptos filosóficos y movimientos intelectuales para “repensar”, criticar y debatir con el objeto de que las ciencias biotecnológicas permitan que para la Humanidad este salto experiencial además de un progreso cuantitativo suponga, sobre todo, un crecimiento cualitativo no sólo para la raza humana, sino para todos los seres vivos que habitamos este planeta en armonía, comunión, respeto y libertad.

Es indudable que, a priori, supone grandes ventajas: permitirá superar los obstáculos físicos y psíquicos que permitiría a muchas personas llevar una vida más grata; creará nuevas técnicas de cultivo que contribuyan a superar el hambre en el mundo; encontrarán energías limpias, más baratas e inagotables; ampliará el horizonte relacional entre las personas y su desarrollo individual…

Pero también crea nuevos problemas en un escenario en el que el hombre ya no será la medida de todas las cosas, como reza el humanismo; al contrario, será el mundo de la IA el que supere la medida de la persona. La velocidad de comunicación y de cambio supera nuestra capacidad de adaptación y asimilación de lo nuevo, superponiendo unas novedades sobre otras, y la complementación técnica de nuestro cuerpo dará paso a otro ser. Un ser en el que lo biológico y lo no biológico convivan, en armonía espero, y al que no podremos sustraernos.

Que este cambio que se está produciendo sea un bien colectivo y no fuertemente individualista es algo sobre lo que podemos influir si lo colamos por el tamiz de la ética, del pensamiento crítico y del bien común. No desde el miedo y su negación, sino desde su correcta dirección, volviendo sobre los viejos temas que nos determinan como seres pensantes, singulares y diferentes en el detalle pero idénticos e iguales en el fundamento. Una nueva persona no sólo biotecno sino también bioética.

¿Qué limites, si debe haberlos, deben constreñir este transhumanismo? Si nuestro cerebro es solamente técnica y puede reproducirse, ¿dónde queda la identidad humana, personal? Al rebasar las fronteras temporales, espaciales, de capacidad física y mental, ¿somos algo más que un mecanismo sin transcendencia real, sin conciencia? ¿Ese ser humano biotecno es ajeno a la conciencia, a la moral, a la emoción, al sentimiento, a la espiritualidad o, por el contrario, también puede manipularse y pasar a ser un mundo artificial que en su evolución será natural? ¿Y quién dibuja los límites?

Aquí y ahora, es difícil no inquietarse por la profundización de la brecha de desigualdad entre las personas, incluso por la creación de una sociedad dividida en hombres naturales, salvajes, y hombres biotecno, civilizados. En unas relaciones de poder que incrementen la indefensión de unos frente a otros, en una visión graduada de lo humano, con vuelta a las teorías de la superioridad de las razas, a las castas, a la “animalización” de los diferentes menos desarrollados. Un mundo político en el que la libertad de elección haya de ser, de nuevo, conquistada, redefiniendo lo humano, lo racional; en el que la igualdad deba ser reconquistada para poder ser libre; en el que la autonomía de cada ser, salvaje o civilizado, le permita vivir la vida que quiere, una vida buena según su desarrollo y parecer; en el que la vida digna se reivindique de nuevo, pero la vida digna de todo ser vivo, persona, animal o planta. Porque el mundo natural será aquel que ahora consideramos artificial porque lo sometemos a manipulación genética.

La cibernética configura cambios profundos en lo relativo a las personas como seres biológicos, sociales, políticos, espirituales. Puede hacernos superar barreras que ahora consideramos infranqueables pero debería hacerlo colectivamente y para una vida más satisfactoria y plena. Puede acercarnos a la inmortalidad, por la perdurabilidad de nuestra mente en sucesivos cuerpos, o por la existencia eterna de nuestro cerebro en una forma artificial. Puede hacernos mejores, si primero determinamos qué es mejor, como especie, como colectivo nutrido por individuos mejores o solamente como individualidades que generan una división evolutiva, aterradora desde mi existencia hoy pero lógica desde existencias futuras.

¿Y para qué? Queremos ser más racionales, más inteligentes, con mayores conocimientos transhumanismosobre el funcionamiento de las cosas. Queremos superar lo que consideramos limitaciones que nos impone la naturaleza, unificándonos, eliminando la diversidad humana. O manteniéndola mediante la desigualdad de acceso a los instrumentos que nos llevan a un ser humano más desarrollado. O que deja atrás su humanidad, según se mire. Queremos ser inmortales, superar nuestra naturaleza efímera, y permanecer para siempre, y que todos los que nos sigan conozcan de nuestras andanzas, logros y pensamientos.

Tenemos mucha “tecno” pero poco desarrollo espiritual. Somos mente y corazón. Y deberíamos primero perseguir ese equilibrio, porque es quien nos daría la medida de todas las cosas, incluido del posthumanismo. Somos muy “yo”, y muy poco “otro”. Sabemos nuestro bien pero ignoramos el de los demás. Disfrutamos de ventajas que negamos a otros; miramos a otro lado salvo si vemos amenazado nuestro estatus privilegiado.

¿Para qué acercarme a Dios, a la inteligencia suprema, si me alejo de mi experiencia humana? ¿O no me alejo? ¿O quizá ese es el camino?

En realidad, ¿quién vive una vida más plena, el indio del Amazonas, salvaje a nuestros ojos, o el posthumano, ese civilizado próximo?

He dicho.

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